La vie en Noëlle

3 mar. 2020

Ansiedad por separación en perros



¡Hola, hola! ¿Cómo estáis? Ficus, afortunadamente, lleva ya un año y medio bien. Bien de salud, bien en general. Pero sobre todo bien respecto a la etapa que sufrió con la dichosa ansiedad por separación. De todos los contratiempos de cuidar a un cachorro, la ansiedad fue lo que más esfuerzo e implicación requirió. No fueron meses fáciles y sé que puede resultar muy frustrante para todos los miembros de la familia (sobre todo para el propio peludo que lo sufre), así que he pensado que sería buena idea compartir nuestra experiencia por aquí, ¡y más esta semana que coincide con que Ficus cumple 2 añitos! (¡Ya casi casi es un adulto!) Os hablaré de cómo empezó, cómo nos asesoramos y lo que nos funcionó y lo que no. Tened en cuenta que os hablo de mi experiencia personal y que no soy ninguna experta ni etóloga. Consultad con vuestro veterinario si vuestra mascota está sufriendo algún tipo de trastorno conductual.

La hecatombe de Ficus empezó un poquito antes de su castración. Tenía los temibles seis meses y empezaba a ser un huracán con ganas de jarana (¡y eso que él es muy tranquilo!). Se quedaba solo en casa desde siempre, todas las mañanas hasta que yo volvía al mediodía. A veces tenía algún accidente por no saber aguantarse los pipís al 100%, pero podíamos presumir de que todo iba como la seda. Por la calle sí que empezaba a descontrolarse: a tirar, a desobedecer... Sabíamos que las ganitas de hembra asomaban y que eso podía afectar a su carácter. Porque éste es uno de los muchos motivos por los cuales debes castrar a tu mascota: se sienten profundamente frustrados si no les permites esa clase de... necesidades. Y esas necesidades sólo las tienen si les cuelgan dos pelotas. Es decir, que el argumento este de "pobrecito, que le quitas su ilusión de ser padre y de reproducirse" es una tremenda estupidez. Un perro no sueña con tener veinte hijos. Un perro quiere comer, dormir, oler y jugar. Y sentirse amado. Nada más. Sin pelotas no hay chorro de hormonas, sin hormonas no hay ganas, y sin ganas no hay frustración. Además de que, sin pelotas, tampoco hay tumores y demás problemas. Castrad, joder. Que luego hay que ir regalando cachorros inesperados.

En definitiva: como dueños responsables que somos acudimos a su castración en cuanto nos la recomendó el veterinario. A los seis meses se sometió a ella y todo fue genial, aunque empezaron las complicaciones. Pobrecito mío no soportaba la campana. Estaba como loco por quitársela (y yo tenía las piernas reventadas de cuando se acercaba a mí con ella). Como le vimos inquieto le pedí a mi madre que fuese a hacerle de canguro. ERROR. Esto fue mi error. Mío, no de mi madre. Mío, nuestro como dueños. Ficus se acostumbró a la compañía de inmediato y entramos en un bucle: ve a echarle un vistazo porque si se queda solo hace trastadas. Y la cosa fue a más.




Ficus en su época de sufrir ansiedad. Angelito tranquilo hasta que le tocaba quedarse solo.

Los destrozos nos preocuparon al momento, claro; temíamos que estando solo pudiese llegar a hacerse daño (se le cae algo encima, al morder se produce alguna herida, ingiere algo peligroso... todas las fatalidades que un pensamiento intrusivo te pueda dar). Pero lo peor fue notarle taquicardias. Si intuía que se iba a quedar solo, la patata le bombeaba a toda velocidad. No es un perro muy ruidoso así que apenas lloraba o gimoteaba. Nada de ladridos, pero su cara lo decía todo: estaba mal. Lo primero que nos recetó el veterinario fueron unas pastillas de unas cuarenta unidades (una por día) que costaron como... sesenta euros. ¿Funcionaron? En absoluto. Cero patatero. Eso y un chupito de agua le hacía el mismo efecto. Empezamos a absorber información sobre ansiedad por separación a raudales y nos volcamos en ello.

Si has tenido que informarte para combatir la ansiedad en perros habrás leído ya algunas de estas cosas: dejarle con radio, tele, cortinas corridas para que pueda ver la calle, una prenda que huela a ti... Hemos puesto en práctica todo. Absolutamente todo. Lo que pasa es que tampoco es algo inmediato. La ansiedad se cura con rutina. Con constancia y con cooperación, porque si un solo miembro de la familia no acata las pautas todo el trabajo se va por el desagüe. Los perros necesitan coherencia. Si les prohíbes subirse al sofá pero un día tonto a ti te apetece y les dejas, luego cuando les vuelvas a prohibir esa orden se descolocarán completamente. Con la ansiedad ocurre lo mismo: el principal tratamiento para resolver este problema conductual es no saludar ni despedirse de la mascota al entrar/salir de casa, ya que el problema gira entorno a "quedarse solo", la independencia en el hogar. Y tiene que aplicarse para todo el mundo para que sea efectivo. Órdenes del veterinario y no sirvieron de nada durante semanas porque descubrimos que no todos los familiares nos hacían caso (santa paciencia).

Que sí, que está muy mono tu perro perdiendo el culo por saludarte cuando vuelves a casa. ¿A quién no le derriten esas escenas? Pero hay que ser fuerte porque, de verdad de la buena, no les haces ningún bien saludándoles si sufren de ansiedad. Ojo, que esto es para los que padecen este trastorno. Necesitan que estar solos en casa sea algo normalizado. Por duro que resultara para nosotros (con lo guapo que es y lo mucho que le queremos) el hecho de que dejara de intuir y de anticiparse a quedarse solo le ayudó muchísimo. Y también le ayudó que llegar a casa no fuese sinónimo de excitación. A día de hoy, si nos vamos no se suele ni enterar (porque duerme veinte horas al día) y al llegar nos saluda con un peluche en la boca y en seguida se tumba en el suelo. Tranquilo. Ahí es cuando le saludamos con una caricia (y él se vuelve a dormir, no vaya a gastar energía de paseo con mantener los párpados abiertos).


Los perros de razas grandes como los golden retriever son más propensos a sufrir este tipo de trastornos respecto a los "perros falderos". El problema es más grave en ellos porque su poder destructor es directamente proporcional a su tamaño. "Perros grandes" son abandonados por culpa de dueños incompetentes e irresponsables que no han sabido (ni querido) solucionar la convivencia y/o han empleado métodos violentos en respuesta a su "mala conducta". Hay medios e información a raudales, así que no hay excusa: no existen perros malos, sólo malos dueños.

Para poner en práctica el consejo de "no saludar/no despedirte" empieza poco a poco, saliendo y entrando de casa. Déjale solo en periodos cortos de tiempo, que él vaya acostumbrándose a la situación aunque al principio con sólo 5 minutos solo ya sea capaz de poner el sofá del revés (esto nos ha pasado). Cuanto más le proteges, más daño le haces a la larga. Porque la ansiedad por separación en perros implica que sufren muchísima inseguridad quedándose solos sin su alfa (que eres tú). Sienten que les va a pasar algo malo, y es por ello que descargan todos esos nervios destruyendo (y orinando). Un perro no tiene ganas destructivas porque sí. Si tu perro destruye (aunque sean sus propios juguetes) tienes que estar alerta para saber qué es lo que le está causando frustración. Puede ser por ansiedad o por aburrimiento, por necesitar más tiempo de paseo, juego o interacción con otros perros. ¡Estate atento a sus señales!

Poco a poco fuimos descartando los consejos que a nosotros no nos funcionaban con Ficus y nos centramos en lo que sí: no saludarle nunca al entrar (esperar unos minutos a que ya esté tumbado y tranquilo), no hacerle caso quince minutos antes de salir de casa, ir cambiando rutinas a la hora de irnos para que no pudiese prever la despedida, dejarle con su radio puesta... Y lo que más y mejor nos ha funcionado: el hueso. Hay quienes usan el famoso Kong relleno de chuches, pero a nuestro dinosaurio eso le duraba nada y menos. El hueso de cartílago no es la mejor opción para todos los perros porque, según el tamaño, hay cierto riesgo de que se atraganten con ellos (tened cuidado con dejarles a solas con ellos). En nuestro caso funcionó muy bien: le daba el hueso y contaba los quince minutos de no-interacción con él para salir de casa. Esto empezó a hacer mella en su cabeza: si me quedo solo, tengo un premio. Quedarme solo es bien. Hay quienes aprovechan el momento de salir de casa para darle el desayuno porque, entretenidos con el manjar, no sufren con la despedida. Y porque, repito, vuelven a relacionar: quedarme en casa = comida. Yay!



Otra cosa que nos funcionó muy bien y que quizás no tiene mucha "base científica" fueron los peluches. Se los empezamos a integrar al primer mes de sufrir ansiedad. Al principio, en pocas horas devoró orejitas y he tenido que coser culos de panda más veces de las que quiero recordar. Pronto desapareció la destrucción hacia sus juguetes al concentrar toda la energía en el hueso (y en el mucho, muchísimo ejercicio diario que realizaba en los paseos). Los peluches le hacen compañía. Le calman, le relajan. Le hacen sentir seguro. A día de hoy muchas veces se queda dormido con un peluche en la boca, cual chupete. Pa' comérselo.

Tardamos alrededor de dos meses en apreciar la mejora definitiva. Un trabajo constante de día a día, fines de semanas incluidos, para que su ansiedad desapareciera y su conducta mejorase. Echando la vista atrás resulta algo muy tedioso, pero ahora puedo decir que valió la pena el esfuerzo. Para Navidad, Ficus ya empezaba a ser él mismo de nuevo, la versión mejorada y adulta de él. Sí, algunos muebles (las esquinas) han sufrido daños, pero lo importante es que él ya no sufre. Con el tiempo le fuimos quitando el hueso y las mañanas de madrugón extra para À de tirarle la pelota un buen rato para cansarle. Le dejamos con las puertas de las habitaciones abiertas, todo a su alcance. Ha pasado de tener todo absolutamente guardado y recogido para que no lo pudiese destrozar a dejarle ordenadores portátiles y mando de la tele a su vera. Y eso es lo que os quiero transmitir con esta entrada: hay solución. Hay mucho trabajo, sí, pero luego parecerá un suspiro en cuanto se supere.



Imagen más reciente de nuestro campeón. Casi 2 añitos y 40 kilos de puro amor.

Hoy en día se queda muy tranquilo estando solo en casa (me recibe con la cara llena de legañas y profundos bostezos, se pega unas siestas que pa qué), pero seguimos con la misma rutina establecida. No le saludamos con euforia al entrar ni le exaltamos en exceso. No nos despedimos de él con caricias. No le dejamos con canguros ni terceras personas porque sabemos que está mejor solo. Un perro se hace a lo que le acostumbres. Y él, gracias a su implicación por ser el mejor perro del mundo, se ha acostumbrado a nuestros horarios y a nosotros. Él tiene la plena confianza de que no le va a pasar nada aunque nos vayamos a horas que puedan resultarle raras. Él sabe que nunca le va a faltar su rato de paseo y sus comidas. Y sus dosis infinitas de amor incondicional.

Tuvimos la tentación de recurrir a un etólogo, pero gracias al trabajo y a invertir en huesos (que tampoco son baratos) no tuvimos que pasar por ello. Quiero decir: no siempre la solución es desembolsar dinero en ayuda externa. Al fin y al cabo, un etólogo lo que hará será daros pautas. El trabajo tenéis que hacerlo vosotros con la mascota. Informaos mucho y seleccionad bien esa información, puesto que no todo lo que reluce es oro ni todo funciona igual para cada animal. 

¡Espero que os haya sido útil esta entrada! Si estáis pasando por algún problema conductual con vuestra mascota podéis consultarme lo que necesitéis aquí abajo, en el cajón de comentarios. ¡Y mucho ánimo! Ellos valen la pena.

4 comentarios :

  1. Holi ¿DOS AÑOS YA?
    Madre mía si parece que fue ayer que veía fotos de cachorrito ;_; como pasa el tiempo...

    Me alegro que consiguierais encontrar algo que os funcionase, con mi gatito estuve preocupada por que le pasará algo así ya que está mucho solo en casa pero parece que no lo lleva mal, si que esta más pesado cuando llegamos de trabajar pero no rompe nada y en general me imagino que duerme como un cabrón cuando no estamos; si que es más problema cuando no pasamos en casa la noche pero bueno era aún muy chiqui cuando nos fuimos de vacaciones, ahora en verano tendrá casi un año a ver que tal...

    ¡Un abrazo y gracias por compartir experiencia!

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    1. ¡Pasa el tiempo volando! Es cierto que de cachorritos es cuando ocurren estas cosas, en cuanto se hacen mayores (y han crecido en un ambiente tan bueno y bonito como es el de hogares como el nuestro) pues ceeero problemas. Pero claro, no todo el mundo está preparado para asumir ciertas responsabilidades, por desgracia. Espero que Mochi siga creciendo igual de guapo y vaya relajando los bigotes conforme se haga mayorcito. ¡Gracias por pasarte y por leerme a pesar de ser mamá gatuna y no perruna! ¡Besotes!

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  2. Hola guapísima.
    Primero de todo, que bonito es Ficus *_* es adorable. La verdad es que a veces, separarse es lo que más cuesta. Yo no puedo tener perros, por alergía. Que gracioso que te lo encuentres con cara de dormido no? y encima mirará en plan ... me has despertado jajajaja

    Acabo de ver tu blog y me gusta mucho como escribes, tanto, que me he leído varias entradas del tirón. Me quedo por aquí para no perderte la pista.

    un besote guapísima

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    1. ¡Hola Eva! Muchísimas gracias por tus palabras, ¡me has alegrado el día! Me sabe mal que no puedas tener compañía peluda por culpa de la dichosa alergia, no sé cómo será tu caso pero por si sirve de aliciente: mi marido también tenía alergia y al tener a Ficus (es así de masoca) se le pasó. ¡Ojalá todo tuviese remedio! Gracias, GRACIAS, por descubrir el rincón y entretenerte en él. ¡Nos vamos leyendo! ¡Un besote!

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